Antonio Fadón Vidal – El Ascensor Social y la Autorrealización del Individuo

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El Ascensor Social y la Autorrealización del Individuo

¿Son los estudios una fuente que determina la clase social?

Esta pregunta llegó a mi cabeza cuando comparaba la trayectoria de otros vecinos de mi localidad con la mía.

Distintos puntos de vista, ambiciones y formas de ver la vida, que comúnmente evolucionan a lo largo de las generaciones.

En concreto, en mi pueblo con frecuencia observaba el mismo patrón: padres que se dedicaban al campo e hijos con ansias de estudiar y salir del mismo.

Por supuesto, el entorno rural no es el que determina una clase social, sin embargo, todos somos conscientes de la despoblación que desde hace algún tiempo sufre la denominada “España vaciada”, que está relacionada con el traslado de la población joven a las grandes ciudades.

Me di cuenta de que era muy diferente el punto de vista de mis abuelos con el de mis padres, y ambos con el mío. Mientras a los primeros les bastaba con vivir en paz y sin hambre, los segundos comenzaron a vivir más allá del mero trabajo, y el mío, que aunque no vivo por y para trabajar veo la existencia de una ambición que hace años se contemplaba en menor medida, esa autorrealización ensombrecida por el apetito en la época de mis abuelos, lo que los académicos de la empresa conocemos como la “Pirámide de Maslow”, en la cual los dos eslabones inferiores, el Fisiológico y el de Seguridad, por lo general, en la actualidad están completamente cubiertos.

Esta podría ser la causa del enfoque predominante en la sociedad actual; al no tener urgencia de cubrir necesidades básicas como el alimento o un techo bajo el cual vivir, buscamos la autorrealización pensando en el largo plazo, realizando estudios que no nos aportan un bienestar económico inmediato, pero sí con la esperanza de que lo hagan en un futuro.

Ante esto, y en base a la aspiración de muchos de los estudiantes del entorno empresarial, el emprendimiento, deseo analizar la trayectoria de dos conciudadanos, con un elemento en común, la incertidumbre sobre cuál sería el desenlace.

La primera es el de un retoño del pueblo, a quien denominaré Pablo. Con ansias de vivir nuevas experiencias, Pablo se aventuró a salir del pueblo para formarse, siendo el centro educativo nuestra facultad, la de Economía y Empresa de la Universidad de Salamanca.

Fácilmente este sujeto experimentó el contraste, de pasar de palabras campechanas de nuestro querido castellano a términos macroeconómicos como PIB; de ver cómo los precios subían a la relación que existía entre ellos y las políticas tomadas, familiarizándose con nuevos nombres como el de Fisher con sus ecuaciones, Keynes y su paradoja…

Al final esto es lo que los estudios aportan, entender los sucesos de los que formamos parte, con sus teorías y autores que expanden el punto de vista ante distintas situaciones.

Todo ello le sirvió, más adelante, para aventurarse en el complicado y valiente mundo del emprendimiento, con una diferencia respecto al próximo protagonista, la seguridad de entender de manera concisa, el porqué de los resultados obtenidos e incluso poder optar por el uso de herramientas que desconocía por completo, lo cual sin duda aporta una gran ventaja competitiva, saber cómo estudiar distintas situaciones, pesimistas u optimistas, márgenes a los cuales aproximarse, ese famoso punto a partir del que se obtienen beneficios, etc.

Pablo, siguiendo los estándares habituales, al terminar su carrera comenzó a buscar su primer empleo.

Sin embargo, se dio cuenta de un suceso que le sonaba de la carrera, “una inflación de credenciales”; es decir, no le bastaba únicamente con una titulación para optar al puesto al que aspiraba. Por lo que, sin más demora decidió continuar formándose para sentirse como esa estrategia genérica de Porter, diferenciado.

No obstante, a la vez que realizaba esa nueva titulación que le permitía especializarse, conocida como máster, aprovechó para seguir obteniendo conocimientos por su cuenta, ya que ese pequeño aparato que convivía en su bolsillo, le permitía usar la herramienta del aprendizaje con más impacto en la historia de la humanidad, el entendimiento de Aristóteles, el internet, una biblioteca con infinidad de información que le impulsaba más allá de las barreras de los propios apuntes, ese “atrévete a saber” de Kant.

Una vez finalizados sus estudios, y esta vez sí, siendo contratado, entendió el oficio en el que se encontraba y se convirtió en un profesional del sector.

Sin embargo, esto no le bastaba a Pablo. Su alma inquieta le llevó, con ese riesgo que tanto había estudiado en la carrera, a abandonarlo todo y construir su propio castillo.

Con su experiencia y todos los conocimientos aprendidos cumplió su propósito, el éxito personal al que aspiraba.

El segundo protagonista, a quien nombraré José, con el mismo origen, el entorno rural heredado, y el mismo anhelo de emprender, tiene un elemento en común con el primero, ese coraje o esa intrepidez que caracteriza a los emprendedores y teniendo claro que sus humildes orígenes no eran límites suficientes como para frenarle, optó por el mismo objetivo que el académico.

Eso sí, con la diferencia de que, por diversas situaciones, él siguió un camino distinto, tal vez adelantándose o quedándose atrás, lo cual dejo al juicio de cada uno, pero con un mismo fin, un futuro mejor a través del emprendimiento.

Por lo que, sin pensarlo dos veces se puso manos a la obra.

Sus herramientas eran simples pero útiles, la fuerza que le caracterizaba y esas ganas de saber.

Así que con su inversión en tiempo para formarse por su cuenta y la valentía de dejarlo todo para crear algo nuevo con la ilusión de que sea mejor que lo anterior, abandonó su vida en el pueblo, viendo como muchos hacían lo mismo, y con ese término que sin estudiarlo era consciente que existía, el riesgo que conllevaba. De hecho, José entendía conceptos y fórmulas que incluso los más pequeños conocen, esas que no necesitan ser estudiadas para darte cuenta de que existen, por ejemplo, si gasto más de lo que ingreso, estoy en pérdidas.

Una cosa era clara, él no se apoyaba en ese colchón o garantía de la que disponía Pablo, si sus previsiones no ocurrían, volvería a su oficio con las consecuencias ocasionadas, no contemplaba esos estudios que al fin y al cabo aumentan su valor como capital humano. Contra todo pronóstico, siguió firme con su idea y logró lo que tanto ansiaba sin seguir el camino “seguro”.

Recapitulando, encontramos dos protagonistas que para lograr un mismo fin siguieron senderos distintos.

Ahora bien, ¿qué es lo que provocó que, a pesar de sus humildes orígenes, lograran de alguna manera ascender de clase social?

Antes de nada, es necesario especificar el entendimiento de clase social dentro de sus múltiples definiciones.

La escritura de este texto me ha llevado a ser consciente de que la clase social suele ser determinada por el nivel de patrimonio. A causa de ello, emprender con éxito tiene como resultado elevar el nivel de activos y a su vez la clase social. Realmente, y desde un punto de vista empírico, para emprender no es necesario disponer de estudios empresariales, eso sí, sin duda alguna, ayuda. El verdadero factor necesario para ello es el talento, el cual ni se compra ni se vende, y por eso es tan buscado en las relaciones laborales. Sin embargo, el talento sin esfuerzo es como una facultad sin alumnos, pierde su sentido.

Emprender es el resultado de talento junto a ganas y valentía. Es por eso mismo que tanto Pablo como José no se conformaron y decidieron saltarse las normas establecidas, siguiendo su instinto y confiando en su ingenio.

En base a lo anterior, quiero concluir que los estudios pueden ser una fuente que permite la progresión social, ya que un médico suele estar mejor valorado por el hecho de ser médico. Aunque tal vez lo importante no sea el oficio o la titulación, sino el reconocimiento que se recibe de los demás, ya sea por el esfuerzo, perseverancia o valentía de la persona.

A fin de cuentas, aun cuando disponer de una gran cantidad de dinero te permita operar a un nivel de vida y conseguir subir de clase social, desde mi punto de vista, todo ello no merece la pena sin el reconocimiento de las personas a las que más valores.

Aprobación y orgullo pueden reflejarse en los estudios. Estoy convencido de que los padres de Pablo al ver a su hijo estudiar lo que ellos no pudieron sintieron un orgullo inmenso, o los de José de ver cómo en contra de todo pronóstico sobresalió de la mayoría. Y más allá del reconocimiento ajeno, el propio tiene un mayor sentido. Pues cada uno gradúa el éxito profesional de forma única, y apreciar lo logrado es fundamental en la búsqueda de nuevos objetivos.

Así que el punto de partida es insignificante; lo importante es dónde quieres llegar y cuánto estés dispuesto a sacrificarte para ello.

La clase social la determina tu esfuerzo o como dice mi abuela: ¿de quién es hermana la pereza? ¡De la pobreza!

 

Antonio Fadón Vidal

Estudiante 3º Grado en ADE

Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Salamanca