Victoria Muriel Patino – Creadores de bienestar

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Creadores de bienestar

No sé cuál es la experiencia del lector, pero sospecho que parecida a la mía: nunca me he encontrado con un niño o niña que haya contestado a la famosa pregunta de «qué quieres ser de mayor» con un rotundo «economista» (y lo cierto es que he oído respuestas de lo más variopintas). Hace unos días una pequeña me preguntó a qué me dedicaba y cuando le dije que a la Economía dijo con evidente pérdida de interés «ah, lo del dinero y eso», así que tuve que esforzarme por recuperar su aprecio explicándole que, en realidad, aunque a veces hablemos de dinero, hablamos también de otras muchas cosas y que, en definitiva, todas tienen que ver con asuntos tan importantes como la felicidad de las personas. Funcionó; aquello sí pareció interesarle y me prestó su atención durante un rato bastante largo para su edad.

Creo que incluso a nosotros se nos olvida a veces, arrastrados a velocidad de vértigo por los rápidos de nuestras respectivas ocupaciones y empobrecidos por la ineludible necesidad de centrar nuestra atención en una pequeña parte específica del ambicioso objetivo, que el bienestar de los seres humanos es la esencia de la Economía. Nada más y nada menos.

Probablemente no todos tengamos una visión idéntica de lo que es el bienestar, pero sin duda es algo que relacionamos con un sentimiento de satisfacción y tranquilidad. Contribuyen a ese sentimiento múltiple y diversos factores, entre ellos, factores relacionados con el entorno, con las características del mundo en que vivimos. Hace ahora tres años casi todos los países del mundo se pusieron de acuerdo –no ocurre con frecuencia– en la identificación de cómo debería ser el mundo para proporcionar la base del bienestar de la Humanidad; más aún, se comprometieron a alcanzar ese futuro deseado en muy poco tiempo, en el año 2030, y diseñaron una estrategia para conseguirlo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, aprobada por resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas el 25 de septiembre de 2015. La Agenda plantea diecisiete objetivos –los Objetivos de Desarrollo Sostenible– de carácter integrado e indivisible que abarcan las esferas económica, social y ambiental. El repaso de los Objetivos nos permite visualizar el entorno propicio para el desarrollo y bienestar humanos: un mundo sin pobreza y sin hambre, donde el bienestar físico y la salud están garantizadas, como también lo está una educación inclusiva, equitativa y de calidad que abarca todas las etapas de la vida y en el que la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de mujeres y niñas es una realidad. Un mundo donde están garantizados además la disponibilidad de agua y saneamiento para todos y el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna; donde se promueve el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el pleno empleo y el trabajo decente para todos, en el que se apuesta por la innovación, la industria y las infraestructuras al servicio de la sociedad. Un mundo en el que se apuesta también por la reducción de las desigualdades entre países, por lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles y por una producción y consumo responsables. Un mundo que combate el cambio climático y sus efectos, que conserva y utiliza en forma sostenible los océanos y los mares, y que gestiona de forma sostenible los bosques, lucha contra la desertificación, y detiene e invierte la degradación de las tierras y la pérdida de biodiversidad. Un mundo, en fin, que promueve sociedades justas, pacíficas e inclusivas mediante instituciones efectivas, transparentes y sólidas en todos los niveles, y donde todo se consigue sobre la base de alianzas entre los gobiernos, el sector privado y la sociedad civil que, en todos los niveles, se movilizan para hacer realidad esas metas compartidas.

Si el bienestar humano forma parte de la esencia de nuestra disciplina, resulta evidente que los economistas tenemos mucho que decir al respecto del logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y que debemos asumir la responsabilidad de hacerlo y de contribuir con ello al loable fin de transformar el mundo en un lugar mejor. No todos los Objetivos son de naturaleza estrictamente económica, pero se me hace difícil encontrar uno sólo en el que el análisis económico no juegue un papel relevante.

Si además de economistas somos profesores de Universidad, estamos doblemente obligados a contribuir al bienestar humano y a mejorar el mundo, haciendo de él un lugar más próspero, más equitativo y más sano; se ha puesto en nuestras manos la herramienta más poderosa de todas para conseguirlo: la educación de los jóvenes (y de los no tan jóvenes). De nuevo, la Agenda 2030 de Naciones Unidas puede resultar una guía útil ante tamaña responsabilidad: eduquemos de manera inclusiva, equitativa y con la máxima calidad; para que nuestros alumnos puedan vivir una vida mejor, más saludable y sostenible; para que escapen de la pobreza, de la desigualdad y del trabajo indecente; para que sean consumidores y productores responsables; para que sean personas más tolerantes y vivan en sociedades más pacíficas y justas. Formemos no sólo a profesionales, sino a individuos maduros intelectual y éticamente que sean capaces de resolver problemas, de liderar cambios, de innovar, de crear, de producir ciencia, investigación y soluciones; formemos a los próximos líderes políticos, sociales y económicos que están destinados a regir el destino del país y del mundo en las próximas décadas para que sean capaces de conducirlos hacia ese futuro deseado.

Claro está que necesitamos que los alumnos universitarios se alíen con nosotros para la consecución de los objetivos y que nada es posible sin esa alianza. No siempre es fácil: los árboles que no permiten ver el bosque son mucho más abundantes y frondosos en la juventud. Pero es preciso elevarse y ser consciente no sólo del privilegio que supone estudiar en la Universidad y de los sacrificios que otros están haciendo para hacerlo posible, sino también de la responsabilidad que conlleva. He aquí una gran revelación: no se trata de pasar por aquí, de aprobar asignaturas con más o menos gloria, de obtener un título y de tener mayores y mejores opciones de empleabilidad. Se trata de hacer uso del privilegio y realizar el máximo esfuerzo para convertirse en personas que harán de éste un mundo mejor para ellos y para los menos afortunados, para convertirse en esos creadores de bienestar intelectual y éticamente capaces. El ambicioso objetivo supone un camino repleto de obstáculos, incertidumbres y amenazas, de ahí la necesidad de aprovisionarse de modo excelente.

Y como no hay dos sin tres, me sirvo de la feliz efeméride de la celebración del Octavo Centenario de nuestra Universidad para sumar una tercera responsabilidad a las ya mencionadas como inherentes a la cualidad de economistas y de universitarios, con la esperanza que sirva de acicate y no de carga excesiva y paralizante; otra revelación: no somos pioneros en la lucha por el bienestar y desarrollo humanos ni son tan nuevas muchas de las aspiraciones que las Naciones Unidas clamaron hace tres años. Precisamente, las aulas de nuestra Alma Mater han sido testigos durante ochocientos años –se dice pronto– de la labor de auténticos transformadores del mundo y creadores de bienestar en un sentido asombrosamente moderno y adelantado a su tiempo. De la labor de Francisco de Vitoria, ese transgresor que en el siglo XVI se atrevió a decir que todos los seres humanos eran libres y que las relaciones internacionales no debían basarse en el uso de la fuerza sino en el Derecho; de la labor de Fray Luis de León, encarcelado, entre otras razones, por incluir en el conocimiento a los no ilustrados; de la labor de Lucía o Luisa de Medrano, la primera mujer que impartió clases en una Universidad, aunque la historia se encargara de ocultar su hazaña y conceder el título a Marie Curie en la Sorbona nada menos que trescientos años más tarde; de la labor de Don Miguel de Unamuno, defensor de la razón por encima de la violencia. Unión de las Naciones, inclusión de los excluidos, igualdad de género, sociedades pacíficas y justas. no son sólo aspiraciones de otra época; ojalá lo fueran, pero ahí están, en versión renovada, en la Agenda 2030 de Naciones Unidas.

Tenemos la responsabilidad, en fin, de avanzar sobre la herencia recibida, de servirnos del ejemplo y la inspiración de estas personas, visionarias y valientes, que no se conformaron con una realidad que no les gustaba, y pasaron a la acción.

Preparémonos, preparemos a otros y asumamos el reto ineludible de llevar a cabo las transformaciones que son  necesarias para hacer de éste un mundo mejor. Los modos son múltiples, diversos y muchos por inventar aún. Seamos conscientes del poder que nuestra disciplina y condición nos confieren y aliémonos con quienes disponen de herramientas distintas que complementan a las nuestras.

Sin duda es una labor loable. Quizás lo poco atractivo sea el nombre; quizás si nos hiciésemos llamar «transformadores del mundo» o «creadores de bienestar» o «buscadores de la de la felicidad» tendríamos más éxito en las encuestas infantiles…

 

Victoria es Doctora en Economía y Profesora Titular de Economía Aplicada en Universidad de Salamanca. Es especialista en Desarrollo Económico, e Inclusión Financiera y en Derecho y Economía. Desde hace algunos años es miembro del Consejo de Cooperación al Desarrollo de España en calidad de experta independiente.