Jesús Galende – Claves para crecer dentro (y fuera) de la Universidad

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Claves para crecer dentro (y fuera) de la Universidad

¿A qué edad dejamos de crecer? Ésta es la típica pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez, especialmente en nuestra adolescencia. En esta etapa de la vida el crecimiento se palpa día a día, en una competición similar a la de los árboles en la selva asiática, pugnando por un puñado de rayos de sol. Sin embargo, tarde o temprano todos experimentamos un frenazo. Hacia los 20 años en el caso de los hombres y hacia los 18 años en el caso de las mujeres se detiene nuestro crecimiento, nos estabilizamos una temporada y… poco a poco al principio y más rápidamente después se produce un inevitable proceso de deterioro.

Se trata de un proceso de crecimiento y posterior declive físico, tangible, fácilmente apreciable a simple vista e imposible de evitar. Dicen que siguiendo algunas reglas, entre ellas comer poco y bien, hacer ejercicio de forma moderada y descansar nuestro tercio de jornada diaria se logra retrasar este proceso, pero finalmente acaba llegando. Por desgracia, el elixir de la eterna juventud todavía no ha sido inventado.

Sin embargo, existe otro tipo de crecimiento mucho más intangible, de tipo interno, más complicado de apreciar a simple vista y para el que no existen tantas reglas establecidas. Nos podemos volver a plantear la pregunta, pero concretándola más: ¿A qué edad dejamos de crecer internamente? Las respuestas no son tan claras. Indudablemente se produce de manera paralela a ese crecimiento físico de nuestra adolescencia pero ahora debemos eliminar los topes y podemos crecer a lo largo de nuestra vida de manera ilimitada.

En la película “El Curioso Caso de Benjamin Button” (David Fincher, 2008) se cuenta la historia de un hombre (Brad Pitt) que nace con ochenta años y va rejuveneciendo a medida que pasa el tiempo, es decir, en lugar de cumplir años, los descumple. Experimenta un rejuvenecimiento físico continuo que va acompañado de un aprendizaje de vida también continuo que hace que le coincida en el tiempo la plenitud física con una plenitud también mental, ésa a la que todos nos vamos aproximando con el paso de los años pero que, a veces, alcanzamos cuando ya es demasiado tarde.

Dado que Benjamin Button es efectivamente un curioso caso, las opciones que nos quedan es tratar de acelerar ese crecimiento y poder disfrutar de una vida plena mucho antes, y ahí es donde resulta clave el poder aprovechar desde el principio nuestros años universitarios. La buena noticia es que los vientos ahora son más favorables.

Estamos, sin duda, en una época de cambios. Hay quién dice que más bien estamos en un cambio de época. Lo cierto es que la Universidad de Salamanca no es ajena a estos cambios y se ha constituido, más que nunca, como un agente activo de impulso y transformación de la sociedad, al igual que en la mejor época de sus 800 años de historia. Pero la sociedad está formada por empresas, que también hay que impulsar y transformar. Y las empresas son realmente personas, el verdadero eje de actuación de la Universidad.

Si hay unas titulaciones apropiadas para efectuar esta transformación son, sin duda, las pertenecientes a la Facultad de Economía y Empresa. Estos títulos permiten, en primer lugar, crear y transferir conocimiento, en forma de competencias. Pero no basta con el conocimiento, también resulta necesario transferir habilidades con las que poner en valor ese conocimiento, muchas de ellas de carácter transversal. Asimismo, los valores son fundamentales en nuestra sociedad, en nuestras empresas, en nuestras personas, y en ello la universidad, y más si es pública, tiene una responsabilidad. Y por supuesto, las emociones, imprescindibles como elemento de gestión personal y profesional.

Se trata de vientos favorables que, sin embargo, de poco sirven sobre un barco fuertemente anclado a puerto y que no quiere navegar. Como no podía ser de otra manera, cada uno de nosotros somos el elemento fundamental clave con el que podemos facilitar (o dificultar) nuestro propio proceso de crecimiento y desarrollo. Para ello podemos actuar sobre siete ejes fundamentales, y el orden es importante:

  1. Conocerme. Es la base de todo. Si desconozco mi situación actual, ¿Cómo voy a saber hacia dónde dirigir mis esfuerzos? Resulta esencial ser consciente de nuestros puntos fuertes y de nuestras oportunidades de mejora, aquello que hacemos bien y en lo que podemos mejorar. Se trata de algo esencial que a menudo se pasa por alto. En medicina lo tienen claro: la fase de diagnóstico es fundamental y no hay que fallar. En economía y empresa también debe ser así, siendo lo que nos ayuda a definir unos objetivos adecuados sobre los que fijar el rumbo.
  2. Querer. Esto también es fundamental. El progreso no es tanto cuestión de aptitud, sino de actitud. Si analizamos nuestra vida, la mayor parte de las cosas no las hacemos porque no podemos, sino porque no queremos. La ambición es un punto importante que favorece el crecimiento. El conformismo, lo detiene. ¿Y qué pasa si no quiero crecer? No pasa nada. Realmente no es una obligación, pero sí que debo ser consciente de a lo que renuncio si decido no crecer, y que no llegue el arrepentimiento más adelante. Como señalaba Benjamin Button: “Nunca es demasiado tarde o en mi caso demasiado pronto para ser quién quieras ser”. Siempre estamos a tiempo. Pero la vida es como una estación de trenes, y llega un momento en que su llegada comienza a espaciarse cada vez más.
  3. Creer. También de una importancia vital. Dicen que si quiero, puedo. Igualmente, si creo, puedo. Se trata del efecto Pigmalión, que hizo que Galatea cobrara vida. Todos tenemos inseguridades. Absolutamente todos. La diferencia es que a unos esas inseguridades les paraliza y hace que ni tan siquiera lo intenten mientras que otros son capaces de sobreponerse a ellas y siguen apostando por ellos mismos. El mundo es como es, pero lo verdaderamente relevante es cómo lo percibimos. Si lo percibimos hermoso, será hermoso. Si lo percibimos horrible, será horrible. Y tanto si percibimos que podemos como que no podemos, estaremos finalmente en lo cierto.
  4. Saber. Hay que intentarlo y tirarse de una vez a la piscina. Pero antes, es mejor asegurarse de que la piscina tiene agua. Una cosa es el riesgo controlado, y otra la simple chapuza. Por ello, resulta necesario conocer y dominar los instrumentos y herramientas adecuadas. Se trata del aprendizaje más puramente técnico. Normalmente, no resulta necesario ser un profundo experto en un determinado campo, lo cual produciría más bien de nuevo un efecto paralizante. Es más, la sociedad hoy en día prefiere personas multidisciplinares, que sepan un poco de varias ramas del saber, más que mucho pero sólo de una rama concreta. Y que sea un conocimiento fundamentado en valores. Es ahí hacia donde se dirige la formación actual.
  5. Poder. De nada sirve saber mucho si no se es capaz de aplicar el conocimiento. Se trata ahora, por tanto, de emplear de manera adecuada los diferentes instrumentos y herramientas que conocemos. Se encuentra muy unido al saber, pero ahora de una manera más aplicada. Y también muy unido a la mejora continua, el entrenamiento y el consiguiente aprendizaje. Se trata de desarrollar competencias y habilidades que puedan ser aplicadas en equipo, algo fundamental en la sociedad actual. Con ello aparece el valor de la generosidad, de ser capaz de compartir y de llegar juntos a una meta, lo que también debe ser un importante instrumento de motivación: ¿Quién es realmente más feliz, el que invita a una ronda a los compañeros o el que se deja invitar continuamente?
  6. Emprender acciones. Se trata de ser capaz de pasar a la acción. Todo lo anterior está muy bien, pero finalmente hay que decidirse y hacer algo. Como decíamos anteriormente, ya he comprobado que la piscina tiene suficiente agua, vamos a tirarnos. Desde luego que van a existir riesgos. Toda acción lo implica. Y nos vamos a equivocar. Pero ya sabemos que, como en economía, rentabilidad y riesgo van en sentido opuesto. Si no hago nada no pierdo, pero tampoco gano. Si hago algo es cuando puedo ganar. Pobres de los que nunca se han equivocado. Cuando vemos lo que consiguen los demás, muchas veces pensamos que han tenido suerte en la vida. Pero la suerte hay que buscarla. A nadie le toca la lotería si ni tan siquiera ha comprado el décimo. Los ganadores son ganadores porque lo han intentado y porque han perdido más veces que los perdedores y han sabido aprender de ello. Ése es su secreto.
  7. Entrenar. Es el compañero inseparable de todo lo anterior y que va a tener una incidencia directa en nuestro aprendizaje. Todo en la vida nos cuesta la primera vez que lo hacemos, pero poco a poco vamos mejorando. Realmente, no se trata de ser el mejor haciendo algo. Es algo erróneo y desmoralizante ya que ser el mejor depende de lo que hagan los demás. Lo que nos debe guiar es ser mejores, que sí depende de nosotros mismos.

Se trata de siete ejes que se relacionan y se retroalimentan entre sí. Que se fortalecen y nos fortalecen. Que son la base de nuestro desarrollo. Sólo tenemos que decidirnos a soltar amarras.  No estamos solos. Como comentábamos, los vientos son favorables y tenemos todo el apoyo de nuestra Universidad y de nuestra Facultad. Para, como decía Benjamin Button: «Vivir una vida de la que puedas estar orgulloso y, si no, empezar de nuevo”.

 

Jesús es Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales y Catedrático de Organización de Empresas en la Universidad de Salamanca. Es especialista en Administración de Empresas, particularmente en Habilidades Directivas y Gestión de la Innovación. Actualmente ocupa el cargo de Decano de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Salamanca